A veces siento que vivo en automático. Me despierto, preparo el desayuno, organizo la casa, atiendo al trabajo, corro detrás de pendientes, cuido de todos… y al final del día me doy cuenta de que no tuve ni cinco minutos para mí. Todo se mueve tan rápido que apenas me doy cuenta de cómo me siento, de qué necesito, de si estoy bien o simplemente sobreviviendo.
Ser madre ha sido el regalo más grande de mi vida, pero también el más desafiante. El amor inmenso convive con el cansancio, con la culpa de no llegar a todo, con el estrés que se va acumulando silenciosamente. Y en medio de todo eso, aprendí algo valioso: tengo que parar.
Parar para respirar, para cerrar los ojos aunque sea unos minutos, para estar conmigo, para escuchar mi interior. Meditar y reflexionar se han convertido en pequeños actos de amor propio. No siempre es fácil encontrar el momento, pero cuando lo hago, cambia todo. Mi mente se aclara, mi cuerpo se relaja y mi corazón se calma.
No necesito una hora en silencio ni un retiro espiritual. A veces solo necesito sentarme en la cocina con una taza caliente entre las manos y permitirme sentir. O acostarme por la noche y preguntarme: ¿Cómo estoy hoy? ¿Qué necesito? ¿Qué puedo agradecer?
Estos pequeños momentos me devuelven a mí. Me recuerdan que antes de ser madre, soy mujer, soy persona. Y que cuidarme no es egoísmo, es sabiduría. Porque cuando me escucho y me trato con cariño, también puedo dar lo mejor de mí a los que amo.
Si tú también estás en esa rueda que no se detiene, te lo digo con el corazón: detente un instante, respira, escúchate. A veces, el alma solo necesita unos minutos para volver a florecer.🌻
