Memorias de una veterinaria clandestina 🐷🎒

Lo mío con los animales no es casualidad; viene de nacimiento, como si llevara un hilo invisible cosido al alma desde el primer día. De pequeña yo era salvaje, libre, un ser más del campo. Tuve la inmensa suerte de criarme rodeada de ellos gracias a mis padres y a mis abuelos, y para mí no existían las barreras ni el miedo.
Con tres o cuatro años —mis padres y mis primos todavía se ríen al recordarlo— me encontré una rata enorme y, en vez de asustarme, la levanté en brazos y empecé a acunarla: «Ay, mi niño, mi bebé…», cantándole bajito y acariciándola mientras la pobre intentaba subirme al cuello para defenderse. Mi primo tuvo que quitármela casi al vuelo, y yo me pasé semanas llorando por mi niño, con el corazón roto. Siempre fui así.
Cuando mi padre bajó de la montaña aquel cachorro recién nacido, una mezcla de pastor alemán con lobo, no me separé de él ni un segundo. Exigiendo biberones para alimentarlo, desviviéndome por él. Llegar del colegio era tirar la mochila y salir corriendo a estar con mis animales; daba igual que lloviera a cántaros o cayera nieve, a mí el frío se me olvidaba con solo estar ahí presente. Cuidaba a los pájaros caídos con los remedios caseros de mi abuela hasta verlos volar, y me pasaba las horas en el jardín comiéndome la fruta verde y las fresas ácidas, entre las risas y las broncas de mi madre porque me iba a doler la barriga.
Con siete u ocho años, nuestra cerda se puso de parto y entró en una agonía terrible: mordía, asustada y agresiva por el dolor. Mi madre me vio llegar del cole y me gritó: «¡Ni se te ocurra meterte, que vas a manchar el uniforme y te va a morder!», y salió corriendo a buscar ayuda. Esperé a que doblara la esquina. Me dio igual el uniforme y el peligro; tiré la mochila al suelo y me metí con ella,modo veterinaria clandestina.

Empecé a acariciarla muy despacio, a susurrarle al oído con toda mi ternura, y se calmó. Sintió que estaba ahí para ella. Fui ayudándola a traer al mundo a todos sus lechones uno por uno. Cuando mi madre volvió, ya estaban todos fuera y yo abrazaba al más chiquitín, el último en nacer. Estaba enfermito, y aunque solo me duró una semana en la que no me separé de su lado dándole biberón a escondidas, me enseñó lo que significa acompañar a otro ser hasta su último suspiro.
Luego creces. Llega la vida adulta, el trabajo, las prisas, el ruido… y esa conexión tan pura se va quedando dormida en algún rincón. Te desconectas sin darte cuenta. Hasta que el universo decide despertarte.
Fue hace ya unos años, en pleno agosto. Llevaba unas horas en el trabajo cuando escuché un ruido extraño. Miré y no vi nada, pero al girarme para salir… el tiempo se detuvo.
Tenía a escasos centímetros de mi cara a un búho real. Descomunal, imponente, a plena luz del día.
Me quedé de piedra, en un trance absoluto. Sentí una fascinación tan honda, tan sobrecogedora y mágica, que la mente se me quedó en blanco. Solo existían sus ojos inmensos clavados en los míos. Se me pasaron mil dudas en un segundo —si estaría herido, si llamar a los agentes forestales, cómo ayudarlo—, pero no podía moverme bajo el hechizo de su presencia. Él bajó suavemente al suelo, volvió a levantarse, me miró una última vez en silencio y desplegó sus alas para salir volando por la ventana.
Ese instante fue una llave. Aquel cruce de miradas abrió un portal entre la naturaleza y yo que nunca más volvió a cerrarse.
Desde entonces, las visitas no han parado:
A las dos semanas del búho, ya tenía seis saltamontes habitando distintos rincones de mi casa.
Las pequeñas lagartijas, que entran cruzando el umbral con total confianza para quedarse a hacerme compañía.
Las mariposas, que eligen mis manos para posarse en calma, quedándose largo rato con las alas abiertas sobre mi piel.
Las mantis religiosas, pura sabiduría y misterio, que lo mismo se me suben al pelo que se plantan en mi mesa de trabajo mientras introduzco facturas, mirándome con esa serenidad solemne.
Las mariquitas, que aparecen de la nada como pequeños destellos de luz.
Y las abejas y las avispas, que lejos del miedo que suelen provocar, vuelan en círculos suaves a mi alrededor, en una danza tranquila y curiosa, sin hacerme ningún daño.
Me fascinan estos seres diminutos. Siento una reverencia enorme por cada detalle de su anatomía, por su fragilidad y por la perfección sagrada que guardan.
Para mí son pequeños mensajes del universo, recordatorios diarios de que no estamos solos aquí. No somos los dueños de nada; convivimos con miles de almas diminutas que sienten, respiran y merecen todo el respeto del mundo. Y cada vez que una de ellas decide posarse sobre mí, respiro hondo, sonrío y doy gracias por volver a sentirme en casa: siendo aquella misma niña que miraba a la naturaleza a los ojos y entendía su lenguaje sin necesidad de palabras.

A mí me devolvió a ella un búho y estas pequeñas visitas cotidianas. Y a ti, ¿qué es lo que te hace frenar el ruido de la vida adulta y volver a conectar con tu niño o niña interior?

Una secretaria muy exigente controlando los números. 🧮🌿

La complicidad de toda una vida

Trabajo cara al público y veo a muchísima gente cada día. Me gusta observar. Me fijo mucho en las miradas, en las sonrisas, en cómo se tratan las personas, en esos pequeños gestos que a veces dicen tanto sin necesidad de hablar.

Y hoy me pasó algo que me hizo sentir muchas cosas.
Tuve delante a una pareja mayor que me llamó muchísimo la atención. Llevaban casi 60 años juntos. Y no sé cómo explicarlo, pero había algo en ellos que me atrapó.

Me encantaba cómo se miraban, cómo se sonreían, cómo estaban pendientes el uno del otro. Se notaba el cariño, el respeto… Esa manera tan bonita de cuidarse sin que pareciera que estaban haciendo nada especial.
Ella parecía una niña al lado de su marido. Y él la miraba de una forma que me pareció preciosa.


Hubo momentos en los que, mientras los observaba, sentí como si el tiempo se hubiera parado. Se miraban y sonreían con una complicidad tan bonita que parecía que estaban solos, que en aquel instante no existía nada más a su alrededor.
Y no sé por qué, pero aquello me emocionó muchísimo.

Me puse a pensar en todo lo que habrán vivido juntos durante tantos años. Casi 60 años… ¡Cuántas cosas caben en toda una vida! Cuántas alegrías, cuántas dificultades, cuántos problemas, cuántas pérdidas, cuántos momentos en los que seguramente las cosas no habrán sido fáciles.
Y, aun así, allí estaban. Con esa luz, esa paz y esa ternura que desprendían.

No conozco su historia. No sé por todo lo que habrán pasado ni si su vida juntos habrá sido siempre fácil. Pero lo que vi hoy me hizo pensar mucho en el amor.

En ese amor que va más allá de las palabras bonitas, de las mariposas en el estómago o de los grandes gestos. Ese amor que se construye con los años, con paciencia, con respeto, con cuidado y con miles de pequeños momentos compartidos.

Me llenó el corazón verlos. De verdad. Sentí una emoción muy bonita, de esas que aparecen sin avisar y que te dejan pensando incluso cuando el momento ya ha pasado.
Quizá porque me gusta mucho observar a las personas y descubrir esas cosas que no se dicen, pero que se sienten. Y hoy tuve delante algo que me pareció realmente especial.

Me hizo pensar en lo bonito que debe de ser compartir tantos años con alguien y seguir mirándolo con esa ternura. Seguir sonriendo al verlo. Seguir teniendo pequeños detalles. Seguir encontrando paz en su compañía.
Y es que, a veces, vemos tantas cosas a nuestro alrededor que nos olvidamos de lo bonito que puede llegar a ser algo tan sencillo como querer bien a alguien,no mucho.

Hoy, una pareja que seguramente ni siquiera se ha dado cuenta de lo mucho que me ha transmitido, me ha regalado un momento precioso.

Me quedo con esa imagen de los dos, mirándose y sonriéndose, como si los años no hubieran conseguido apagar aquella complicidad.
No sé si existe una definición exacta del amor verdadero, pero hoy, al verlos, sentí que estaba un poquito más cerca de entenderlo. ❤️

Casi tres años desde que la epilespia entró en nuestra vida



Hoy quiero escribir sobre algo que marcó un antes y un después en mi vida: la epilepsia de mi hijo.

Mi hijo tiene epilepsia nocturna.  Es algo que he ido aprendiendo con el tiempo, porque antes de que todo esto empezara yo no sabía prácticamente nada sobre epilepsia.

Hasta que vi a mi hijo tener su primera convulsión.

Nunca olvidaré aquel momento.

Sentí una enorme impotencia. No sabía qué estaba pasando ni cómo reaccionar. Ver a tu hijo en una situación así y no poder hacer nada para ayudarlo en ese momento es algo que te marca.

Después de aquello necesitaba respuestas. Durante meses viví prácticamente a base de café y de leer. Buscaba información, intentaba entender qué le estaba pasando y quería estar preparada si volvía a suceder.

Y sucedió.

Tres meses después llegó la segunda convulsión.

Esta vez la situación me encontró diferente. Ya sabía lo que estaba pasando y cómo reaccionar. Había aprendido mucho en esos meses.

Después llegaron las consultas, los electroencefalogramas. Puede parecer simplemente una prueba más, pero para mí no lo era. Ver a tu hijo conectado, esperar los resultados y vivir todo ese proceso es difícil de explicar si no lo has vivido. Todo aquello que al principio me sonaba completamente desconocido empezó a formar parte de nuestro día a día.

Con la medicación también empecé a observar cambios en mi hijo. Como madre, cuando estás con tu hijo todos los días, hay cosas que simplemente percibes.
Ahora su neurólogo ha cambiado la medicación y estoy viendo cambios positivos. Y me alegra muchísimo poder decirlo.

No quiero contar esta historia desde la pena.

Mi hijo es un niño como todos los demás. Tiene sus gustos, sus amigos, sus sueños, sus enfados, sus risas y su manera de ser.

Tiene epilepsia, pero la epilepsia no define quién es.

Por eso hoy he querido escribir sobre esto. Porque yo misma, antes de vivirlo, desconocía muchas cosas. Y creo que hablar de ello puede ayudar a comprender mejor esta realidad.

Han pasado casi tres años desde aquella primera convulsión.

Y a las familias que estén empezando ahora este camino solo les diría una cosa: no tenéis que tener todas las respuestas desde el primer día.

Yo tampoco las tenía.

Con el tiempo fui aprendiendo, preguntando y entendiendo nuestra nueva realidad, siempre de la mano de los profesionales que llevan a mi hijo.

Y mientras tanto, hay algo que para mí nunca ha cambiado: mi hijo sigue siendo mi hijo, mucho más allá de su diagnóstico.

Ojalá contar nuestra experiencia sirva para hablar más de epilepsia, para conocerla mejor y para que ninguna familia tenga que enfrentarse a lo desconocido sin información.

Porque la epilepsia forma parte de nuestra historia, pero no escribe toda nuestra historia.

La epilepsia forma parte de nuestra historia, pero no escribe toda nuestra historia. 💜

💫Reflexion personal



Hay momentos en los que las palabras de los demás duelen más que los hechos.
No porque sean verdad, sino porque intentan apagar lo que somos.
Esta es una reflexión sobre esas malas bocas que hablan, juzgan y distorsionan…
y sobre la calma que llega cuando decidimos no responder más.

💫 Sentía decir eso

Sentía decir eso:
que a veces no es el dolor lo que más duele, sino las palabras.
No las que decimos, sino las que otros lanzan con intención de herir.
Las que distorsionan, las que inventan, las que circulan sin verdad.

Vivimos rodeados de voces que opinan sin conocer, de bocas que se alimentan del juicio ajeno.
Hay personas que necesitan hablar mal de otros para sentirse importantes,
que cambian de opinión según el viento,
que se contradicen sin darse cuenta.
Y sí, resulta triste ver cómo se abrazan después de haberse criticado,
cómo sonríen mientras siembran rumores.

Pero hay algo que nadie puede quitarte: la calma de quien ya no responde.
El silencio no siempre es debilidad; a veces es el grito más sabio.
Porque cuando uno deja de explicar, de defender, de justificarse,
la energía vuelve al lugar correcto: hacia adentro.

No se puede evitar que hablen,
pero sí se puede elegir no participar.
Dejar que las bocas malas se desgasten solas.
No alimentar el fuego del chisme, no buscar aprobación, no rebajarse.

Cada uno muestra quién es en la forma en que habla de los demás.
Y cada palabra dicha con veneno, tarde o temprano, vuelve al lugar de donde salió.

Así que cuando escuches que te nombran, recuerda:
“No es mi historia la que cuentan, es su necesidad de ruido.”


Mantén tu calma.
Sigue caminando con dignidad.
Porque cuando las malas bocas se cansan de hablar,
la verdad sigue en pie, tranquila, intacta.

Y sí… es triste y penoso.
Triste ver cómo las bocas se llenan de mentiras,
penoso mirar tanta hipocresía disfrazada de afecto.
Pero más triste sería convertirme en una de ellas.
Por eso elijo callar, sanar y seguir.
Porque el silencio, cuando nace de la verdad,
nunca es debilidad: es dignidad.

🌿 El Mensaje del Animal Blanco

A veces la vida te manda señales así: simples, inesperadas, sin lógica,pero llenos de ternura,pureza-pequeño recordatorio del universo

Hace unos días, mientras mi hijo y yo estábamos sentados al aire libre, una perrita blanca vino corriendo hacia nosotros. No la habíamos visto nunca. Sin pensarlo, se detuvo a mis pies, se tumbó en la hierba y me miró con una mezcla de dulzura y confianza.

Su dueña estaba cerca, pero ella eligió quedarse con nosotros. Hacía pequeños sonidos, casi como si pidiera cariño, y tanto mi hijo como yo sentimos lo mismo: ternura, amor y una calma suave que nos envolvía. Fue uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse.

No era solo una perrita simpática. Había algo más, algo invisible pero claro. Esa sensación de reconocimiento, como si nuestras almas se hubieran cruzado antes, en otro lugar, en otro tiempo.

🌕 El símbolo del blanco y el mensaje del alma

El blanco de su pelaje habla de pureza, sanación y protección espiritual. La mancha oscura sobre su ojo recuerda que en toda luz existe sombra, y en toda sombra, una chispa de luz que busca abrazarse a la vida. Su llegada fue un recordatorio: incluso cuando todo parece confuso o cansado, el amor encuentra una forma de venir hacia nosotros.

Cuando ella se tumbó a mis pies, me sentí sostenida. Era como si la vida me susurrara:

“Respira. El amor sigue llegando, incluso cuando no lo buscas.”



Y cuando se acercó a mi hijo, entendí que también traía un mensaje para él. Los animales sienten la energía pura de los niños, pero esta perrita vino a reforzar su confianza en la ternura, a recordarle que el amor no siempre viene de las personas, sino a veces de un alma peluda que solo quiere acompañar.

🕊️ Un reflejo del corazón

Dicen que los animales perciben la vibración de nuestro corazón. Quizás por eso ella nos eligió: porque sintió en nosotros ese espacio de calma que necesitaba. Pero también fue un espejo: su amor sin condiciones reflejó lo que a veces olvidamos darnos a nosotros mismos.

“Cuando el alma está cansada, el amor viene en forma de mirada peluda y silenciosa.
No estás sola. La ternura que das se refleja en los ojos que te buscan sin palabras.”



Aquel encuentro duró solo unos minutos, pero dejó una huella profunda.
La próxima vez que un animal se acerque a ti sin razón aparente, recuerda: no es casualidad. Puede que sea el universo tocando la puerta de tu corazón para recordarte que el amor siempre encuentra su camino.

La paz que te reconoce☘️

Lo que me relaja después de un dia duro


Hay días en los que todo pesa. El cuerpo, la mente, las emociones. Días en los que solo quiero apagar el mundo y volver a mí. Y en esos momentos, he aprendido que no necesito grandes cosas para sentirme un poquito mejor. Solo pequeñas rutinas, simples y mías, que me devuelven la calma.

A veces me relaja poner música suave y dejar que mi alma respire. O darme un baño caliente, de esos que se sienten como un abrazo. O prepararme una taza decafe con hielo, sentarme en silencio y mirar por la ventana como si el mundo no tuviera prisa.

Me relaja escribir. Sacar lo que llevo dentro y dejarlo en el papel (o en el blog). Como si mis pensamientos encontraran orden cuando los convierto en palabras.

Y a veces, solo necesito cerrar los ojos, respirar profundo y recordarme que estoy haciendo lo mejor que puedo. Que no todo tiene que estar perfecto. Que merezco descanso, ternura, paz.

O el simple abrazo de mi hijo,sincero,dulce,lleno de ternura y amor.

Después de un día duro, lo que más me relaja es volver a mí. A mi esencia. A ese espacio interior donde todo está bien, aunque fuera haya ruido.

¿Y a ti? ¿Qué te calma cuando el día te sobrepasa?


¿Qué te relaja después de un día duro?

Para ti, bunica, allá donde estés


Siempre en mi corazon…

Hoy escribo con el corazón en mil pedazos. Mi abuela se ha ido. Y aunque llevaba años lejos de ella, su ausencia pesa como si el mundo se hubiera detenido por un instante.

Estar lejos cuando alguien parte deja una herida distinta. No poder darle un último abrazo, no haber estado ahí para sostenerle la mano, no haberla visto cerrar los ojos… Eso duele. Duele en el pecho, en la garganta, en el alma.

Pero en medio del dolor, también hay amor. Porque mi abuela fue amor. Fue ese lugar seguro al que siempre quise volver, aunque solo fuera con el pensamiento. Fue la risa en la cocina,las canciónes que me cantaba con su voz maravillosa,el olor a cozonaci o gogosi que ella hacia, las historias contadas mil veces, su voz dulce…

Aunque la distancia física nos separó, su presencia nunca se fue de mí. Siempre la llevé en mi corazón, en mis recuerdos, en la forma en que crío a mi hijo, en la forma en que abrazo la vida.

Hoy me despido de ella desde lejos, pero siento que me escucha. Que su alma me roza el rostro cuando cierro los ojos. Y le digo gracias. Por todo. Por tanto.

Te amo, bunica. Te llevo conmigo. Ahora vuelas libre, y yo me quedo con todo lo que me diste sin darte cuenta.

Hasta que volvamos a encontrarnos.


Ser Madre y Aprender a NO Encajar

La Libertad de Ser Imperfecta

Cuando me convertí en madre, todo lo que sentía era emoción y, a la vez, un poco de miedo. Miraba a ese pequeño ser que había llegado a mi vida y, aunque todo en mí quería ser la madre perfecta, pronto me di cuenta de que no había un manual de instrucciones que me dijera cómo proceder. Las expectativas sobre lo que debía ser, hacer y sentir a menudo chocaban con la cruda realidad de la maternidad.

La presión de encajar

En esos primeros días, me encontré inundada por consejos, opiniones y, por supuesto, redes sociales que mostraban la vida de muchas mamás perfectas. Las imágenes de familias sonriendo, casas impecables y comidas saludables parecían setas a mi alrededor. Me preguntaba: “¿Por qué no puedo ser así? ¿Por qué me siento tan desbordada?”. Esa lucha por encajar era intensa. Quería ser la madre que todos admiraran, pero al mismo tiempo, empecé a sentir que esa búsqueda me alejaba de lo que realmente importaba.

Liberándome de la perfección

Con cada día que pasaba, la sensación de no estar a la altura me perseguía. Pero, a medida que aprendía a mirar más allá de las expectativas externas, comencé a aceptar que estaba bien no siempre hacer las cosas bien. Aprendí que los niños no vienen con un manual de instrucciones y que cada cometido, cada decisión y cada error son parte de este hermoso y caótico proceso.

Grité, reí y lloré, todo en una misma tarde. Y eso está bien. Ser madre no significa ser perfecta. No tengo que tener todas las respuestas y, sinceramente, no siempre las quiero. De hecho, creo que errar es lo que me ha enseñado más sobre mí misma y sobre la fuerza del amor incondicional.

La belleza de lo imperfecto

Al dejar de intentar encajar, empecé a descubrir la belleza de ser auténtica. Cada bache en el camino se convirtió en una oportunidad para aprender; cada vez que no sabía qué hacer, descubrí una nueva forma de enfrentar desafíos, y más importante aún, una nueva forma de ser madre.

Esa libertad de soltar el ideal de una madre perfecta me permitió conectar mucho más profundamente con mi hijo. Mirar sus ojos maravillados y recordar que el también esta aprendiendo, dimensionó mi manera de ver la maternidad. Estoy aquí para guiarle, sí, pero también para crecer junto a el.

Un viaje juntas

Si te encuentras en ese mismo camino, ten presente que no hay una forma única de ser madre y que está bien no saberlo todo. Aceptar nuestras imperfecciones nos conecta con la realidad y nos convierte en madres más compasivas y comprensivas. Al final del día, lo que realmente cuenta no es si cumplimos con todos los estándares, sino si amamos y aprendemos a disfrutar cada paso del camino.

La próxima vez que sientas que no encajas o que no estás haciendo lo “suficientemente bien”, respira hondo. Recuerda que estás en este viaje por una razón: para crecer, para amar y, sobre todo, para ser tú misma. Porque a fin de cuentas, la maternidad no se trata de ser perfecta, sino de ser auténtica y encontrar la fuerza en nuestros propios relatos.

Celebremos nuestras imperfecciones y la belleza de ser madres reales. ¡Juntas en este camino, siempre!

Ser madre no significa ser perfecta.Se trata de ser autentica en cada paso de camino.

Hoy me topé con una de esas personas que brillan distinto

Cuando encuentras personas que son luz.


Hoy mismo me crucé con una de esas almas que brillan diferente. De esas personas que, sin decir demasiado, te dejan sintiendo algo profundo. Su energía era suave, pero firme. Su sonrisa tenía algo especial… algo que no se puede fingir.

Y no era una sonrisa de quien ha tenido una vida fácil. No. Se notaba que había dolor detrás, que hubo heridas, que ha llorado más de una vez en silencio. Pero aun así… su luz era inmensa.

Me impresionó cómo, a pesar de todo lo que probablemente ha pasado, seguía irradiando paz, ternura y fuerza. Esa mezcla que solo tienen quienes han tocado fondo y han elegido levantarse con amor, no con rencor.

Esas personas no necesitan hablar mucho para dejar huella. Porque su presencia ya lo dice todo. Y yo me quedé pensando… ¿cuánto dolor habrá transformado esa alma para poder hoy mirar la vida con tanta luz en los ojos?

Son encuentros que no se olvidan. Pequeños recordatorios del universo de que sí se puede, de que incluso en medio del caos se puede florecer. Y de que hay personas que, aunque hayan pasado por la oscuridad, aprendieron a ser faro.

Ojalá algún día todos podamos brillar así: desde el alma, desde la verdad, desde la profundidad de lo vivido.

¿Y tu?¿Te has cruzado alguna vez con alguien asi?


Algunas personas llegan y te cambian la vida… aunque no se queden

Hoy intento soltar las expectativas y abrazar lo que si fue.Porque a veces,eso tambien es amor.


A veces pienso en ciertas personas que pasaron por mi vida y todavía me emociono. No siempre fueron relaciones largas, ni perfectas, ni constantes. Pero me marcaron. Me enseñaron algo, me hicieron ver el mundo distinto, me tocaron el alma. Y a veces… me duele un poco que ya no estén.

Durante mucho tiempo me costó aceptar eso. Me aferraba a la idea de que si alguien era tan especial, tenía que quedarse para siempre. Que si había conexión, cariño o historia, entonces no podía acabarse. Pero aprendí —con algo de dolor y mucha honestidad— que no siempre es así.

No todo el mundo viene para quedarse. Algunos llegan solo por una temporada, por un momento clave, por un aprendizaje. Y eso también está bien. No significa que no hayan sido importantes. Todo lo contrario: fueron esenciales. Solo que su papel en mi vida tenía un tiempo, un propósito, y después… siguieron su camino.

Y también entendí otra cosa: las expectativas nos juegan malas pasadas. Porque cuando idealizamos a alguien, cuando esperamos que actúe, sienta o se quede como imaginamos… inevitablemente nos frustramos. Aprendí que querer a alguien también es dejar de esperar que sea como yo quiero, y aceptar lo que sí puede ofrecerme. Y si eso cambia, si se termina… también está bien.

Hoy valoro más la presencia real, no la promesa eterna. El vínculo sincero, aunque dure poco. El amor genuino, aunque no tenga final feliz. Porque cada persona que pasó por mi vida me dejó algo. Y aunque algunas ya no estén, lo que compartimos sigue aqui, conmigo, en algún rincón del corazón.

Y eso, a veces, también es suficiente.