Lo mío con los animales no es casualidad; viene de nacimiento, como si llevara un hilo invisible cosido al alma desde el primer día. De pequeña yo era salvaje, libre, un ser más del campo. Tuve la inmensa suerte de criarme rodeada de ellos gracias a mis padres y a mis abuelos, y para mí no existían las barreras ni el miedo.
Con tres o cuatro años —mis padres y mis primos todavía se ríen al recordarlo— me encontré una rata enorme y, en vez de asustarme, la levanté en brazos y empecé a acunarla: «Ay, mi niño, mi bebé…», cantándole bajito y acariciándola mientras la pobre intentaba subirme al cuello para defenderse. Mi primo tuvo que quitármela casi al vuelo, y yo me pasé semanas llorando por mi niño, con el corazón roto. Siempre fui así.
Cuando mi padre bajó de la montaña aquel cachorro recién nacido, una mezcla de pastor alemán con lobo, no me separé de él ni un segundo. Exigiendo biberones para alimentarlo, desviviéndome por él. Llegar del colegio era tirar la mochila y salir corriendo a estar con mis animales; daba igual que lloviera a cántaros o cayera nieve, a mí el frío se me olvidaba con solo estar ahí presente. Cuidaba a los pájaros caídos con los remedios caseros de mi abuela hasta verlos volar, y me pasaba las horas en el jardín comiéndome la fruta verde y las fresas ácidas, entre las risas y las broncas de mi madre porque me iba a doler la barriga.
Con siete u ocho años, nuestra cerda se puso de parto y entró en una agonía terrible: mordía, asustada y agresiva por el dolor. Mi madre me vio llegar del cole y me gritó: «¡Ni se te ocurra meterte, que vas a manchar el uniforme y te va a morder!», y salió corriendo a buscar ayuda. Esperé a que doblara la esquina. Me dio igual el uniforme y el peligro; tiré la mochila al suelo y me metí con ella,modo veterinaria clandestina.
Empecé a acariciarla muy despacio, a susurrarle al oído con toda mi ternura, y se calmó. Sintió que estaba ahí para ella. Fui ayudándola a traer al mundo a todos sus lechones uno por uno. Cuando mi madre volvió, ya estaban todos fuera y yo abrazaba al más chiquitín, el último en nacer. Estaba enfermito, y aunque solo me duró una semana en la que no me separé de su lado dándole biberón a escondidas, me enseñó lo que significa acompañar a otro ser hasta su último suspiro.
Luego creces. Llega la vida adulta, el trabajo, las prisas, el ruido… y esa conexión tan pura se va quedando dormida en algún rincón. Te desconectas sin darte cuenta. Hasta que el universo decide despertarte.
Fue hace ya unos años, en pleno agosto. Llevaba unas horas en el trabajo cuando escuché un ruido extraño. Miré y no vi nada, pero al girarme para salir… el tiempo se detuvo.
Tenía a escasos centímetros de mi cara a un búho real. Descomunal, imponente, a plena luz del día.
Me quedé de piedra, en un trance absoluto. Sentí una fascinación tan honda, tan sobrecogedora y mágica, que la mente se me quedó en blanco. Solo existían sus ojos inmensos clavados en los míos. Se me pasaron mil dudas en un segundo —si estaría herido, si llamar a los agentes forestales, cómo ayudarlo—, pero no podía moverme bajo el hechizo de su presencia. Él bajó suavemente al suelo, volvió a levantarse, me miró una última vez en silencio y desplegó sus alas para salir volando por la ventana.
Ese instante fue una llave. Aquel cruce de miradas abrió un portal entre la naturaleza y yo que nunca más volvió a cerrarse.
Desde entonces, las visitas no han parado:
A las dos semanas del búho, ya tenía seis saltamontes habitando distintos rincones de mi casa.
Las pequeñas lagartijas, que entran cruzando el umbral con total confianza para quedarse a hacerme compañía.
Las mariposas, que eligen mis manos para posarse en calma, quedándose largo rato con las alas abiertas sobre mi piel.
Las mantis religiosas, pura sabiduría y misterio, que lo mismo se me suben al pelo que se plantan en mi mesa de trabajo mientras introduzco facturas, mirándome con esa serenidad solemne.
Las mariquitas, que aparecen de la nada como pequeños destellos de luz.
Y las abejas y las avispas, que lejos del miedo que suelen provocar, vuelan en círculos suaves a mi alrededor, en una danza tranquila y curiosa, sin hacerme ningún daño.
Me fascinan estos seres diminutos. Siento una reverencia enorme por cada detalle de su anatomía, por su fragilidad y por la perfección sagrada que guardan.
Para mí son pequeños mensajes del universo, recordatorios diarios de que no estamos solos aquí. No somos los dueños de nada; convivimos con miles de almas diminutas que sienten, respiran y merecen todo el respeto del mundo. Y cada vez que una de ellas decide posarse sobre mí, respiro hondo, sonrío y doy gracias por volver a sentirme en casa: siendo aquella misma niña que miraba a la naturaleza a los ojos y entendía su lenguaje sin necesidad de palabras.
A mí me devolvió a ella un búho y estas pequeñas visitas cotidianas. Y a ti, ¿qué es lo que te hace frenar el ruido de la vida adulta y volver a conectar con tu niño o niña interior?
